Creencia 28 · Doctrina: Acontecimientos Finales
La Tierra Nueva
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La Tierra Nueva
En la Tierra Nueva, en que habita la justicia, Dios proporcionará un hogar eterno para los redimidos y un ambiente perfecto para la vida, el amor, el gozo y el aprendizaje eternos en su presencia. Porque allí Dios mismo morará con su pueblo, y el sufrimiento y la muerte terminarán para siempre. El gran conflicto habrá terminado y el pecado no existirá más. Todas las cosas, animadas e inanimadas, declararán que Dios es amor; y él reinará para siempre jamás. Amén (2Ped. 3:13; Isa. 35; 65:17-25; Mat. 5:5; Apoc. 21:1-7; 22:1-5; 11:5).
La Tierra Nueva
DESPUÉS DE UN ESPELUZNANTE ENCUENTRO con la muerte, un niño dijo aliviado: “Mi hogar está en el cielo, pero no siento nostalgia”. Como él, muchos creen que al morir, el cielo es una alternativa preferible al “otro lugar”, pero que esta pobre alternativa ocupa un lugar secundario frente a la realidad y el estímulo de la vida actual en este mundo. Si las vislumbres que muchos tienen en cuan to al futuro fueran verdad, este sentimiento sería justificable. Pero según las descripciones y alusiones que la Escritura provee, lo que Dios está preparando para que los redimidos disfruten sobrepasa de tal modo la vida que vivimos ahora, que pocos vacilarían en depreciar este mundo por el nuevo.
La naturaleza de la Tierra Nueva
Una realidad tangible. Los primeros dos capítulos de la Biblia cuentan la historia de la creación, cómo Dios hizo un mundo perfecto que sirviera de hogar para los seres humanos que él creó. Los últimos dos capítulos de la Biblia también dicen que Dios creará un mundo perfecto para la humanidad: pero esta vez se trata de una re-creación, una restauración de la tierra para borrar de ella los desastres que el pecado trajo.
Vez tras vez la Biblia declara que este hogar eterno de los redimidos será un lugar real, una localidad que personas reales, con cuerpos y cerebros que pueden ver, oír, tocar, gustar, oler, medir, dibujar, probar y experimentar plenamente. Es en la Tierra Nueva donde Dios localizará este cielo real.
2 Pedro 3 presenta en forma breve el fondo bíblico de este concepto. Pedro habla del mundo antediluviano como “un mundo de entonces" que fue destruido por agua. El segundo mundo es “la tierra que ahora existe”, un mundo que será purificado por fuego para dar lugar al tercer mundo, una “tierra nueva, en la cual reina la justicia” (1 Ped. 1:6,7,13).[1] El “tercer” mundo será tan real como los dos primeros.
Continuidad y diferencia. El término “tierra nueva” expresa tanto continuación como diferencia de la tierra presente.[2] Pedro y Juan vieron la antigua tierra purificada de toda contaminación por fuego y luego renovada (2 Pedro 3:10-13; Apoc. 21:1).[3] La Tierra Nueva es, entonces, ante todo esta tierra, no otro lugar desconocido. Aunque esté renovada, nos parecerá familiar, conocida: nuestro hogar. ¡Eso está muy bueno! Sin embargo, es nueva en el sentido que Dios quitará de ella toda contaminación que el pecado causó.
La Nueva Jerusalén
La Nueva Jerusalén es la ciudad capital de esta Tierra Nueva. En el lenguaje hebreo, Jerusalén significa “ciudad de paz”. La Jerusalén terrenal rara vez ha hecho honor a su nombre, pero el nombre Nueva Jerusalén, reflejará con exactitud esa realidad.
Un vínculo que une. En un sentido, esa ciudad une el cielo y la Tierra Nueva. En primer lugar, el término cielo significa “firmamento”. La Escritura lo usa para referirse: 1. A los cielos atmosféricos (Gén. 1:20). 2. La expansión (Gén. 1:14-17), y 3. El “tercer cielo”, donde el paraíso está localizado (2 Cor. 12:2-4). De esta conexión de “cielo” con “paraíso”, es que pasó a ser sinónimo con paraíso, el lugar del trono y la morada de Dios. De ahí que por extensión, la Biblia llama “reino de los cielos" al reino de Dios y su dominio, y a la gente que voluntariamente acepta su reino.
Cuando Dios instale la Nueva Jerusalén en el planeta Tierra (Apoc. 21:1, 2), contestará más allá de todas las expectativas la petición del Padre Nuestro que dice: “Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad como en el cielo, así también en la tierra". No solamente renueva la tierra, sino que la exalta. Trascendiendo su estado original antes de la caída, la convierte en la capital del universo.
La descripción física. Juan usa términos románticos para comunicar la belleza de la Nueva Jerusalén: La ciudad es como ‘‘una novia ataviada para su esposo” (Apoc. 21:2). Su descripción de los atributos físicos de la ciudad nos presenta su realidad.
- Su luz. El primer atributo específico que Juan notó al ver “la novia, la esposa del Cordero” fue “su luz” (Apoc. 21:9,11). La gloria de Dios ilumina la ciudad, haciendo que la luz del sol y de la luna sea superflua (Apoc. 21:23,24). En la Nueva Jerusalén no habrá callejones oscuros, porque las paredes y las calles son traslúcidas y “allí no habrá noche” (Apoc. 21:25). “No tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará” (Apoc. 22:5).
- Su construcción. Dios ha usado solo los materiales más finos en la construcción de la ciudad. Las paredes son de jaspe, “semejante a una piedra preciosísima” (Apoc. 21:11,18). Los cimientos están adornados con doce gemas distintas: jaspe, zafiro, ágata, esmeralda, ónice, cornalina, crisólito, berilo, topacio, crisopraso, jacinto, amatista (Apoc. 21:19,20).
Sin embargo, estas gemas no son el material principal de la construcción. Porque Dios hizo la mayor parte de la ciudad, sus edificios y calles, de oro (Apoc. 21:18,21), usando ese metal precioso tan libremente como la gente ahora usa el cemento. Este oro es más fino que cualquier oro que ahora conozcamos, porque Juan lo llama "oro puro, semejante a vidrio limpio” (Apoc. 21:18).
Doce puertas, cada una hecha de una sola perla, son el acceso principal a la ciudad. “Las perlas son el producto del sufrimiento: una pequeña partícula irritante se introduce en la concha de la ostra, y mientras esa pequeña criatura sufre, transforma aquella molestia en una gema preciosa. Las puertas son de perla. Dios pasó por un sufrimiento personal infinito para hacer posible nuestra entrada mediante Cristo quien reconcilió todas las cosas”.[4]
Tan significativa es hoy la lista de materiales que se usaron en la construcción de la ciudad como el hecho de que el ángel que mostró a Juan la ciudad midió sus paredes. El hecho de que se las pueda medir, que posean dimensiones de altura, longitud y espesor, ayuda a que esta generación pragmática y materialista comprenda cuán real es la ciudad.
- Los alimentos y el agua. Desde el trono de Dios en el centro de la ciudad fluye el “río limpio de agua de vida" (Apoc. 22:1). Y como una higuera de Bengala con sus múltiples troncos, el árbol de la vida crece “a uno y otro lado del río”. Sus doce frutos contienen el elemento vital del cual la raza humana ha carecido desde que Adán y Eva tuvieron que salir del Edén: el antídoto para la vejez, el deterioro y el simple cansancio (Apoc. 22:2; Gén. 3:22). Los que comen el fruto de este árbol no necesitan noche para descansar <compárese con (Apoc. 21:25)>, porque en la tierra nueva nunca sentirán cansancio.
Nuestro hogar eterno
La Biblia afirma inequívocamente que al final los salvados heredarán este mundo (Mat. 5:5; Sal. 37:9,29; Sal. 115:16). Jesús prometió preparar para sus seguidores “moradas" en la casa de su Padre (Juan 14:1-3). Como podemos notar, la Escritura localiza el trono del Padre y las mansiones celestiales en la Nueva Jerusalén, la cual descenderá a este planeta (Apoc. 21:2,3,5).
Ciudad-hogar. La Nueva Jerusalén es la ciudad que Abraham buscaba (Heb. 11:10). Dentro de esa vasta ciudad Jesús está preparando “mansiones” (Juan 14:2), o como la palabra original lo indica: “moradas", hogares verdaderos.
Hogares en el campo. Sin embargo, los redimidos no estarán confinados dentro de las paredes de la Nueva Jerusalén. Ellos heredarán la tierra. De sus hogares en la ciudad los redimidos irán al campo a diseñar y construir el hogar de sus sueños. Allí plantarán viñas, y comerán el fruto de ellas (Isa. 65:21).
En casa con Dios y Cristo. En la tierra nueva la promesa que Jesús hizo a sus discípulos se cumplirá eternamente: “Para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3). El propósito de la encarnación, “Dios con nosotros”, finalmente será realizado. “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Apoc. 21:3). Aquí los salvados tendrán el privilegio de vivir en la presencia y el compañerismo del Padre y el Hijo.
La vida en la Tierra Nueva
¿Cómo será la vida en la Tierra Nueva?
Reinaremos con Dios y con Cristo. Dios hará participar a los redimidos en las actividades de su reino. “El trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán... Y reinarán por los siglos de los siglos” <(Apoc. 22:3-5); compárese con (Apoc. 5:10)>.
No sabemos la extensión de su gobierno. Sin embargo, podemos concluir confiadamente que como una parte importante de su papel en el reino, los redimidos servirán como embajadores de Cristo al universo, testificando de la experiencia del amor de Dios. El mayor deleite que tendrán será glorificar a Dios.
Actividades físicas en la tierra nueva. La vida en la Tierra Nueva estimulará las mayores ambiciones santificadas por la eternidad. Las vislumbres de las categorías de las actividades disponibles para los redimidos despiertan nuestro interés, pero no son ni siquiera el comienzo de lo que realmente experimentaremos allá.
Ya hemos visto que la Biblia promete que los redimidos “edificarán casas y habitarán en ellas” (Isa. 65:21). La edificación implica diseño, construcción, amueblado, y la posibilidad de remodelar y reconstruir. Y a partir de la palabra “habitarán” podemos imaginar una cantidad enorme de actividades relacionadas con la vida diaria.
El propósito básico de la existencia en la Tierra Nueva es la restauración de lo que Dios había planeado para su creación original. En el Edén, Dios le dio a la primera pareja un jardín “para que lo labrara y lo guardase” (Gén. 2:15). Si como dijo Isaías, que en la tierra nueva se plantarán viñas, ¿Por qué no también otros cultivos? Si como Apocalipsis indica, tocarán arpas, ¿Por qué no trompetas y otros instrumentos? Después de todo fue Dios mismo el que implantó en la humanidad el deseo de creatividad y la colocó en un mundo con oportunidades ilimitadas (Gén. 1:28-31).
La vida social en la tierra nueva. En buena medida, el gozo de que disfrutamos en la eternidad provendrá de nuestras relaciones.
- Amigos y familiares. ¿Podremos reconocer a nuestros amigos y familiares después de haber sido glorificados y cambiados a la imagen de Jesús? Después dela resurrección de Cristo, sus discípulos lo reconocieron sin mucha dificultad. María reconoció su voz (Juan 20:11-16), Tomás reconoció su apariencia física (Juan 20:27, 28), y los discípulos de Emaús sus maneras (Lucas 24:30, 31, 35). Enel reino de los cielos, Abraham, Isaac y Jacob conservarán sus nombres y su identidad individual (Mat. 8:11). Podemos confiar que en la tierra nueva continuaremos nuestras relaciones con los que ahora conocemos y amamos.
De hecho, es la relación con los demás lo que más disfrutaremos allá —no solo con familiares o amigos actuales—, lo que hace del cielo nuestra esperanza. Los muchos beneficios materiales “parecerán insignificantes comparados con el valor de nuestra relación con Dios el Padre, con nuestro Salvador, con el Espíritu Santo, con los ángeles, con los santos de otros reinos, naciones, lenguas y tribus y con nuestras familias...” No habrá más personalidades distorsionadas, hogares quebrantados, o comuniones interrumpidas. Todo será perfecto y saludable. La integración física y mental hará del cielo y la eternidad el cumplimiento perfecto.[5]
“Los sentimientos de amor y simpatía que el mismo Dios implantó en el alma, se desahogarán del modo más completo y más dulce. El trato puro con seres santos, la vida social y armoniosa con los ángeles bienaventurados y con los fieles de todas las edades... todo esto constituye la dicha de los redimidos”.[6]
- ¿Existirá el matrimonio? Algunos de los contemporáneos de Cristo relataron el caso de una mujer que tuvo siete esposos, y todos murieron. Le pregunta ron de quién sería esposa después de la resurrección. Se necesita poca imaginación para ver las complicaciones sin fin que se introducirían si las relaciones matrimoniales de esta tierra fueran renovadas en el cielo. La respuesta de Cristo revela la sabiduría divina: “En la resurrección ni se casarán ni se darán en casa miento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo” (Mat. 22:29,30).
¿Serán entonces los redimidos privados de los beneficios asociados ahora con el matrimonio? ¡En la tierra nueva los redimidos no serán privados de ninguna cosa buena! Dios ha prometido que “no quitará el bien a los que andan en integridad” (Sal. 84:11). Si eso es cierto en esta vida, cuánto más será verdad en la tierra venidera.
La esencia del matrimonio es amor. El epítome del gozo está en la expresión de amor. La Escritura dice: “Dios es amor", y “en su presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (1 Juan 4:8; Sal. 16:11). En la Tierra Nueva a ninguno le faltará ni amor, ni gozo ni placer. Ninguno se sentirá solo, vacío o despreciado.
Podemos confiar en que el amante Creador que diseñó el matrimonio para que gozáramos en este mundo actual, tendrá algo aún mejor en el venidero, algo que será tan superior al matrimonio como su nuevo mundo superará al actual.
Vida intelectual en la Tierra Nueva
Restauración mental, “las hojas del árbol {de vida} eran para sanidad de las naciones” (Apoc. 22:2). La sanidad a que Apocalipsis se refiere implica más que “curar”; significa “restauración”, por cuanto ninguno allí se enfermará (Isa. 33:24, 20). Al comer del árbol de la vida, los redimidos alcanzarán la estatura física y mental de que carecieron durante siglos de pecado; serán restaurados a la imagen de Dios.
Oportunidades sin límite. La eternidad ofrece horizontes intelectuales ilimitados. En la Tierra Nueva “intelectos inmortales contemplarán con eterno deleite las maravillas del poder creador, los misterios del amor redentor. Allí no habrá enemigo cruel y engañador para tentar a que se olvide a Dios. Toda facultad será desarrollada, toda capacidad aumentada. La adquisición de conocimiento no cansará la inteligencia ni agotará las energías. Las mayores empresas podrán llevarse a cabo, satisfacerse las aspiraciones más sublimes, realizarse las más encumbradas ambiciones; y sin embargo surgirán nuevas alturas que superar, nueva maravillas que admirar, nuevas verdades que comprender, nuevos objetos que agucen las facultades del espíritu, del alma y del cuerpo”.[7]
Actividades espirituales en la Tierra Nueva. Apartados de Cristo, la vida eterna no tendría ningún significado. A través de la eternidad los redimidos sentirán más hambre y sed de Jesús, buscarán mayor conocimiento de su vida y obra, más comunión con él, más tiempo para testificar ante los mundos no caídos acerca de su inigualable amor, un carácter que refleje el suyo más estrecha mente. Los redimidos vivirán para Cristo y con él. ¡Ellos descansarán para siempre, completamente satisfechos en él!
Cristo mismo vivió para servir (Mat. 20:28), y llamó a sus seguidores a la misma vida. Trabajar con él ahora es en sí mismo satisfactorio. Y la relación que engendra ofrece además la mayor bendición y privilegio de trabajar con él en la Tierra Nueva. Allí, con gran gozo y satisfacción, “sus siervos le servirán” (Apoc. 22:3).
Aunque los redimidos tendrán la oportunidad de investigar los tesoros de la naturaleza de Dios, la ciencia más popular será la de la cruz. Con las facultades intelectuales restauradas al estado de perfección que Dios quería que poseyeran, y con la ceguera del pecado quitada, podrán percibir la verdad espiritual en una forma que solo pueden desear aquí. Harán del tema de la salvación —un tema cuya profundidad, altura y anchura sobrepasan la imaginación— su estudio y canción a través de toda la eternidad. Mediante este estudio los redimidos verán con mayor claridad la verdad acerca de Jesús.
Semana tras semana los salvados se reunirán para la adoración en el sábado: “Y de mes en mes, y de día de reposo en día de reposo, vendrán todos a adorar delante de mí dijo Jehová” (Isa. 66:23).
No habrá más...
Todo el mal será erradicado. Algunas de las promesas más alentadoras acerca de la tierra nueva nos recuerdan las cosas que allí no habrá. “Ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apoc. 21:4).
Todos estos males desaparecerán para siempre porque Dios erradicará toda forma de pecado, la causa del mal. La Escritura menciona el árbol de la vida como parte de la Tierra Nueva, pero ni una sola vez incluye el árbol del conocimiento del bien y del mal o ninguna otra fuente de tentación. En esa tierra buena el cristiano nunca tendrá que luchar con el mundo, la carne o el mal.La garantía de que la Tierra Nueva quedará “nueva” a pesar del influjo de los inmigrantes del antiguo planeta Tierra contaminado de pecado, es el hecho de que Dios excluirá a “los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos” (Apoc. 21:8; Apoc. 22:15). Tendrá que hacerlo, por que donde entra el pecado hay destrucción.“Desaparece todo rastro de la maldición... Solo queda un recuerdo: nuestro Redentor llevará siempre las señales de su crucifixión. En su cabeza herida, en su costado, en sus manos y en sus pies se ven las únicas huellas de la obra cruel efectuada por el pecado. El profeta, al contemplar a Cristo en su gloria, dice: 'su resplandor es como el fuego, y salen de su mano rayos de luz; y allí mismo está el escondedero de su poder’ (Hab. 3:4)... A través de las edades eternas, las llagas del Calvario proclamarán su alabanza y declararán su poder”.[8]
No se recordará el pasado. Isaías dice que en la Tierra Nueva “de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento” (Isa. 65:17). Al leer el contexto, sin embargo, es evidente que son las dificultades de la vida antigua lo que los redimidos olvidarán (Isa. 65:16). No olvidarán las cosas buenas que Dios ha hecho, la gracia abundante por la cual él los salvó; de lo contrario, toda la lucha contra el pecado sería en vano. La propia experiencia que los santos han obtenido acerca de los efectos de la gracia salvadora de Cristo es la esencia de su testimonio a través de toda la eternidad.
Además, la historia del pecado constituye un elemento importante en la promesa de que “no tomará venganza dos veces de sus enemigos” (Nah. 1:9). El recuerdo de los tristes resultados que el pecado acarreó servirá para desanimar a cualquiera a escoger de nuevo ese camino de suicidio. Pero si bien es cierto que los sucesos del pasado cumplen un propósito importante, la atmósfera del cielo purifica del dolor esos terribles recuerdos. Se nos ha prometido que las memorias de los redimidos no producirán remordimiento, chasco, dolor ni enojo.
El valor de creer en una nueva creación
Creer en la doctrina de la tierra nueva produce muchos beneficios prácticos al cristiano.
Da incentivo para soportar. Cristo mismo, “por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio” (Heb. 12:2). Pablo renovaba su ánimo contemplando la gloria futura: “Por tanto, no desmayamos... Porque esta breve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Cor. 4:16,17).
Produce el gozo y la seguridad de una recompensa. Cristo mismo dijo: “Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos” (Mat. 5:12). Pablo reitera: “Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá re compensa” (1 Cor. 3:14).
Da fuerza para resistir la tentación. Moisés pudo apartarse de los “placeres del pecado” y de los “tesoros de los egipcios, porque tenía puesta la mirada en el galardón” (Heb. 11:26).
Provee una vislumbre de lo que será el cielo. La recompensa del cristiano no está solo en el futuro. Cristo mismo, mediante el Espíritu Santo, viene al cristiano y mora con él como una prenda o “arras” que garantiza las bendiciones futuras (2 Cor. 1:22; 5:5; Efe. 1:14). Cristo dice: "Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apoc. 3:20). Y cuando Cristo viene, siempre trae el cielo consigo. La comunión con él, “es el cielo en la tierra, es el comienzo de la gloria, es la salvación anticipada”.[9]
Conduce a una mayor efectividad. Algunos miran a los cristianos como seres tan celestiales que no tienen valor terrenal. Pero es precisamente esa creencia en el futuro lo que otorga a los cristianos una base sólida con la cual mover el mundo. Como observó C. S. Lewis: “Si leemos las páginas de la historia descubriremos que los cristianos que hicieron más por el mundo actual fueron precisa mente aquellos que meditaban más en el mundo futuro... Es desde que los cristianos dejaron de pensar en gran medida en el mundo futuro que han llegado a ser tan inefectivos en este. Meditemos en el cielo y triunfaremos en la tierra; meditemos en la tierra, y nada obtendremos”.[10]
“El sabio se esmera más en labrar una estatua de mármol que en hacer una figura de nieve”.[11] El cristiano que planea vivir eternamente, por supuesto que estructurará su vida con más cuidado <y así impresionará en forma más provechosa a la sociedad> que la persona que piensa que es desechable, que nació para no usarse más.
La "ocupación en los temas celestiales, que el Espíritu Santo depara para los redimidos, tiene un poder grande y asimilador. Por esto el alma es elevada y ennoblecida. Sus campos y sus poderes de visión son ampliados, y las proporciones relativas y el valor de las cosas vistas y veladas son más claramente apreciados”.[12]
Revela el carácter de Dios. La forma como ahora vemos el mundo representa pobremente tanto el carácter de Dios como su plan original para este planeta. El pecado ha dañado de tal manera los ecosistemas físicos de la tierra que a muchos se les hace difícil imaginar una conexión entre este mundo y el paraíso presentado en Génesis 1 y 2. Ahora una lucha constante caracteriza la vida. Ni aun la vida del cristiano, que debe luchar con el mundo, la carne y el diablo, presenta con exactitud el plan original de Dios. En lo que Dios ha planeado para los redimidos —un mundo sin contaminación satánica, un mundo en el cual gobierna sólo el propósito de Dios— tenemos una representación más verdadera de su carácter.
Nos acerca a Dios. Por último, la Biblia describe la nueva tierra con el fin de atraer al inconverso a Cristo. Cuando cierto individuo oyó decir que “la tierra restaurada a su estado original edénico, tan real como 'lo es la tierra ahora’, será el hogar final de los santos”, donde estarán “libres de dolor, pena y muerte, y se reconocerán y se verán cara a cara unos a otros”, objetó con vehemencia.
“¡Eso no puede ser! —exclamó— ¡Eso es exactamente lo que le convendría al mundo! ¡Es exactamente lo que desearían los malvados!”
Muchos “parecen pensar que la religión, con... su recompensa final, debe ser algo por lo cual el mundo no podría sentir deseos; de ahí que si se nombra cualquier clase de felicidad, algo que el corazón humano verdaderamente anhelaría en su condición caída, ellos piensan que no puede ser parte de ninguna religión verdadera”.[13]
El verdadero propósito de Dios en dar a conocer lo que ha preparado para los que le aman, es sacar a las personas de su preocupación por este mundo, ayudar las a discernir el valor del mundo futuro y darles una vislumbre de las cosas hermosas que ha preparado el corazón de amor del Padre.
Nueva para siempre
En este viejo planeta se dice con frecuencia que “todas las cosas buenas se tienen que terminar”. Lo mejor de las buenas noticias relacionadas con la Tierra Nueva es que nunca tendrán fin. Allí se cumplirán las palabras poéticas del coro del “Aleluya”: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” <ver (Apoc. 11:15); compárese con (Dan. 2:44; Dan. 7:27)>. Y la Escritura dice que toda criatura se unirá al coro: “Sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Apoc. 5:13).
“El gran conflicto ha terminado. Ya no hay más pecado ni pecadores. Todo el universo está purificado. La misma pulsación de armonía y de gozo late en toda la creación. De Aquel que todo lo creó manan vida, luz y contentamiento por toda la extensión del espacio infinito. Desde el átomo más imperceptible hasta el mundo más vasto, todas las cosas animadas e inanimadas, declaran en su belleza sin mácula y en júbilo perfecto, que Dios es amor”.[14]