Creencia 24 · Doctrina: Acontecimientos Finales
El Ministerio de Cristo en el Santuario Celestial
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El Ministerio de Cristo en el Santuario Celestial
Hay un santuario en el cielo, el verdadero tabernáculo que el Señor erigió y no el hombre. En él ministra Cristo en favor de nosotros, para poner a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio ofrecido una vez y para siempre en la cruz. Cristo llegó a ser nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor en ocasión de su ascensión. En 1844, al concluir el período profético de los 2.300 días, inició la segunda y última fase de su ministerio expiatorio. Esta obra es un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación. En el servicio simbólico, el santuario se purificaba mediante la sangre de los sacrificios de animales, pero las cosas celestiales se purifican mediante el perfecto sacrificio de la sangre de Jesús. El juicio investigador revela a las inteligencias celestiales quiénes de entre los muertos duermen en Cristo, siendo, por lo tanto, considerados dignos, en él, de participa en la primera resurrección. También toma de manifiesto quién, de entre los vivos, permanece en Cristo, guardando los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, estando, por lo tanto, en él, preparado para ser trasladado a su reino eterno. Este juicio vindica la justicia de Dios al salvar a los que creen en Jesús. Declara que los que permanecieron leales a Dios recibirán el reino. La conclusión de este ministerio de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos antes de su segunda venida (Heb. 8:1-5; 4:14-16; 9:11-28; 10:19-22; 1:3; 2:16,17; Dan. 7:9-27; 8:13, 14; 9:24-27; Núm. 14:34; Eze. 4:6; Lev. 16; Apoc. 14:6, 7; 20:12; 14:12; 22:12).
El Ministerio de Cristo en el Santuario Celestial
HA LLEGADO LA HORA DEL SACRIFICIO DE LA TARDE. El sacerdote que oficia en el atrio del Templo de Jerusalén se halla listo para ofrecer un cordero como sacrificio. Cuando levanta el cuchillo para matar la víctima, la tierra se estremece. Aterrado, deja caer el cuchillo y el cordero escapa. Por sobre el fragor del terremoto se oye un ruido desgarrador, cuando una mano invisible rasga el velo del templo de arriba abajo.
En el otro extremo de la ciudad, negras nubes envuelven una cruz. Cuando Jesús, el Cordero pascual de Dios, exclama: “¡Consumado es!”, muere por los pecados del mundo. El tipo se ha encontrado con el antitipo. Ha ocurrido el preciso acontecimiento al que señalaban los servicios del templo a lo largo de los siglos. El Salvador ha completado su sacrificio expiatorio, y por cuanto el símbolo se ha encontrado con la realidad, los ritos que anticipaban ese sacrificio han sido suplantados. Ésa es la razón del velo rasgado, el cuchillo caído y el cordero que se fuga.
Sin embargo, la historia de la salvación abarca más que eso. Llega más allá de la cruz. La resurrección y ascensión de Jesús dirige nuestra atención hacia el Santuario celestial, en el cual Cristo ya no es el Cordero, sino que ministra como sacerdote. Habiéndose ofrecido en sacrificio una vez y para siempre (Heb. 9:28), ahora pone los beneficios de este sacrificio expiatorio a disposición de todos.
El Santuario del cielo
Dios le dio instrucciones a Moisés para que construyera el primer santuario que funcionó bajo el primer <antiguo> pacto (Heb. 9:1), para que sirviera como su morada terrenal (Éxo. 25:8). En ese lugar, el pueblo aprendía el camino de la salvación. Unos 400 años más tarde, el tabernáculo portátil de Moisés fue reemplazado por el templo permanente que el rey Salomón construyó en Jerusalén. Después que Nabucodonosor destruyó ese templo, los exiliados que volvieron de la cautividad babilónica construyeron el segundo templo, el cual Herodes el Grande remodeló, pero fue destruido por los romanos en el año 70 de nuestra era.
El Nuevo Testamento revela que el nuevo pacto también tiene un santuario, el cual está en el cielo. En él, Cristo ejerce como sumo sacerdote “a la diestra del trono de la Majestad". Este santuario es el “verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (Heb. 8:1, 2).[1] En el monte Sinaí se le mostró a Moisés “el modelo”, la copia, o miniatura del Santuario celestial (Éxo. 25:9, 40).[2] La Escritura llama al santuario que Moisés construyó, “las figuras de las cosas celestiales”, y “el santuario hecho de mano, figura del verdadero” (Heb. 9:23, 24). El Santuario terrenal y sus servicios, por lo tanto, nos dan una oportunidad especial para comprender el papel que cumple el Santuario celestial.
A través de toda la Sagrada Escritura se presume la existencia de un santuario o templo celestial <ver por ejemplo (Sal. 11:4; 102:19; Miq. 1:2, 3)>.[3] En visión, Juan el revelador vio el Santuario celestial. Dice que “fue abierto en el cielo el templo del tabernáculo del testimonio” (Apoc. 15:5); en otro pasaje, declara: “Y el templo de Dios fue abierto en el cielo” (Apoc. 11:19). Allí, el apóstol vio los objetos que sirvieron de modelo para los muebles del Santuario terrenal, tales como los siete candelabros de oro (Apoc. 1:12) y el altar de incienso (Apoc. 8:3). Vio también allí el arca del pacto, la cual era semejante a la del Lugar Santísimo terrenal (Apoc. 11:19).
El altar de incienso celestial está ubicado ante el trono de Dios (Apoc. 8:3; 9:13), que a su vez se encuentra situado en el templo celestial de Dios (Apoc. 4:2; 7:15; 16:17). De este modo, la escena que muestra la sala del trono celestial (Dan. 7:9,10) se desarrolla en el templo o Santuario celestial. Por esta razón, los juicios finales surgen del templo de Dios (Apoc. 15:5-8).
Por lo tanto, es claro que la Sagrada Escritura presenta el Santuario celestial como un lugar real (Heb. 8:2), y no una metáfora o abstracción.[4] El Santuario celestial es la morada primaria de Dios.
El ministerio del Santuario celestial
El mensaje del santuario es un mensaje de salvación. Dios usó sus servicios para proclamar el evangelio (Heb. 4:2). Los servicios del Santuario terrenal eran un “símbolo {parabole en griego; una parábola} para el tiempo presente”, hasta la primera venida de Cristo (Heb. 9:9,10). “Por medio de símbolos y ritos, Dios se proponía —por medio de esta parábola evangélica— enfocar la fe de Israel sobre el sacrificio y el ministerio sacerdotal del Redentor del mundo, el ‘Cordero de Dios’ que quitaría el pecado del mundo (Gál. 3:23; Juan 1:29)”.[5]
El Santuario ilustraba tres fases del ministerio de Cristo: 1. El sacrificio sustitutivo, 2. La mediación sacerdotal, y 3. El juicio final.
El sacrificio sustitutivo. Cada sacrificio del Santuario simbolizaba la muerte de Jesús para el perdón de los pecados, revelando así la verdad según la cual “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Heb. 9:22). Esos sacrificios ilustraban las siguientes verdades:
- El juicio de Dios sobre el pecado. Por cuanto el pecado consiste en una rebelión profundamente arraigada contra todo lo que es bueno, puro y verdadero, no se lo puede pasar por alto. “La paga del pecado es muerte” (Rom. 6:23).
- La muerte de Cristo en reemplazo nuestro. “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas... Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isa. 53:6). “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:3).
- Dios provee el sacrificio expiatorio. Ese sacrificio es “Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Rom. 3:24,25). “Al que no conoció pecado {Dios}, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21). Cristo, el Redentor, tomó sobre sí mismo el juicio del pecado. Por lo tanto, “Cristo fue tratado como nosotros merecemos a fin de que nosotros pudiésemos ser tratados como él merece. Fue condenado por nuestros pecados, en los que no había participado, a fin de que nosotros pudiésemos ser justificados por su justicia, en la cual no habíamos participado. Él sufrió la muerte nuestra, a fin de que pudiésemos recibir la vida suya. ‘Por su llaga fuimos nosotros curados’ (Isa. 53:5)”.[6]
Los sacrificios del Santuario terrenal se repetían. Como un relato, esta parábola ritual de la redención se sucedía una y otra vez, año tras año. Por contraste, el Antitipo —la muerte expiatoria de nuestro Señor— sucedió en el Calvario de una vez para siempre (Heb. 9:26-28; Heb. 10:10-14).
En la cruz, la pena que merecía el pecado de la humanidad fue plenamente pagada. La justicia divina se mostró satisfecha. Desde una perspectiva legal, el mundo fue restaurado al favor de Dios (Rom. 5:18). La expiación, o reconciliación, se completó en la cruz tal como lo predecían los sacrificios, y el pecador penitente puede confiar en esa obra que nuestro Señor completó.[7]
El Mediador sacerdotal. Si el sacrificio de Cristo expió el pecado, ¿por qué se necesitaba un sacerdote?
El papel de sacerdote destaca la necesidad de que entre los pecadores y el Dios santo haya un mediador. La mediación sacerdotal revela cuán serio es el pecado, y la separación que causó entre el Dios inmaculado y sus criaturas pecaminosas. “Tal como cada sacrificio señalaba la muerte futura de Cristo, así también cada sacerdote apuntaba al ministerio mediador de Cristo como Sumo Sacerdote del Santuario celestial. ‘Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre’ (1 Tim. 2:5)”.[8]
- Mediador y expiación. La aplicación de la sangre expiatoria durante el ministerio mediador del sacerdote era también considerada como una forma de expiación (Lev. 4:35). El término expiación implica una reconciliación entre dos individuos enemistados. Tal como la muerte expiatoria de Cristo reconcilió al mundo con Dios, así también su mediación o la aplicación de los méritos de su vida sin pecado y su muerte en nuestro reemplazo, hace que para el creyente la reconciliación con Dios llegue a ser una realidad personal.
El sacerdocio levítico ilustra el ministerio salvador que Cristo ha estado realizando desde su muerte. Nuestro Sumo Sacerdote, “el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos”, funciona en calidad de “Ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (Heb. 8:1,2).
El Santuario celestial es el gran centro de control desde el cual Cristo conduce su ministerio sacerdotal a favor de nuestra salvación. Se nos dice que “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:25). Por lo tanto, nos anima a que nos acerquemos “confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:16).
En el Santuario terrenal, los sacerdotes realizaban dos ministerios distintos: el ministerio cotidiano en el Lugar Santo, o primer apartamento <ver el capítulo 4 de esta obra>, y un ministerio anual en el Lugar Santísimo o segundo apartamento. Esos servicios ilustraban el ministerio sacerdotal de Cristo.[9]
- El ministerio en el Lugar Santo. El ministerio sacerdotal que se realizaba en el Lugar Santo del Santuario puede ser descrito como un ministerio de intercesión, perdón, reconciliación y restauración. Era un ministerio continuo, que pro veía constante acceso a Dios por medio del sacerdote.[10] Simbolizaba la verdad de que el pecador arrepentido tiene acceso inmediato y constante a Dios por mediodel ministerio sacerdotal de Cristo como Intercesor y Mediador (Efe. 2:18; Heb. 4:14-16; Heb. 7:25; Heb. 9:24; Heb. 10:19-22).
Cuando el pecador penitente[11] venía al Santuario con un sacrificio, colocaba sus manos sobre la cabeza del animal inocente y confesaba sus pecados. Este acto transfería simbólicamente su pecado y su castigo a la víctima. Como resultado, obtenía el perdón de los pecados.[12] Comenta la obra The Jewish Encyclopedia {La enciclopedia judía}: “El acto de colocar las manos sobre la cabeza de la víctima es un rito común por medio del cual se efectúa la sustitución y transferencia de los pecados”. “En cada sacrificio existe la idea de la sustitución; la víctima toma el lugar del pecador humano”.[13]
La sangre de la ofrenda por el pecado se aplicaba en una de dos formas: 1. Si se la llevaba al lugar santo, era rociada sobre el velo interior y colocada sobre los cuernos del altar de incienso (Lev. 4:6, 7,17,18). 2. Si no se la llevaba al Santuario, era colocada en los cuernos del altar de los sacrificios que había en el atrio (Lev. 4:25, 30). En ese caso, el sacerdote comía parte de la carne del sacrificio (Lev. 6:25,26, 30). En ambos casos, los participantes comprendían que sus pecados y su responsabilidad por ellos se transferían al santuario y a su sacerdocio.[14]
“En esta parábola ritual, el santuario asumía la culpabilidad y responsabilidad del penitente —al menos por el momento—, cuando el penitente ofrecía una ofrenda por el pecado, confesando sus errores. Salía de allí perdonado, seguro de que Dios lo había aceptado. De este modo, en la experiencia antitípica, cuando un pecador se siente atraído por el Espíritu Santo en actitud penitente a aceptar a Cristo como su Señor y Salvador, Cristo asume sus pecados y su responsabilidad. Es perdonado libremente. Cristo es tanto el Sustituto del creyente como su Fiador’’.[15]
En el tipo y el antitipo, el ministerio del Lugar Santo está centrado en forma primaria en el individuo. El ministerio sacerdotal de Cristo provee para el perdón y la reconciliación entre el pecador y Dios (Heb. 7:25). “Por amor a Cristo, Dios perdona al pecador arrepentido, le imputa el carácter justo y la obediencia de su Hijo, perdona sus pecados, y registra su nombre en el libro de la vida como uno de sus hijos (Efe. 4:32; 1 Juan 1:9; 2 Cor. 5:21; Rom. 3:24; Luc. 10:20). Y si el creyente permanece en Cristo, nuestro Señor le imparte gracia espiritual por medio del Espíritu Santo, de modo que madura espiritualmente y desarrolla las virtudes y gracias que reflejan el carácter divino (2 Pedro 3:18; Gál. 5:22,23)”.[16]
El ministerio del Lugar Santo produce la justificación y la santificación del creyente.
El juicio final. Los acontecimientos que sucedían durante el Día de la Expiación ilustran las tres fases del juicio final de Dios. Son: 1. El "juicio pre milenario" {o “juicio investigador"}, es decir el juicio anterior al advenimiento de Cristo; 2. El “juicio milenario”; y 3. El “juicio ejecutivo”, que ocurre al fin del milenio.
- El ministerio en el Lugar Santísimo. La segunda división del ministerio sacerdotal está centrada primordialmente en el Santuario, y gira en torno a la purificación del Santuario y del pueblo de Dios. Esta forma de ministerio, cuyo foco era el Lugar Santísimo del Santuario, y que únicamente podía realizar el sumo sacerdote, se limitaba a un día del año religioso.
La purificación del Santuario requería dos machos cabríos, uno para el Señor y el otro para Azazel. El sumo sacerdote sacrificaba el macho cabrío del Señor, y hacia expiación por “el santuario {que en este capítulo equivale al Lugar Santísimo} y el tabernáculo de reunión {el Lugar Santo} y el altar {del atrio}” (Lev. 16:20; Lev. 16:16-18).
Tomando la sangre del macho cabrío correspondiente al Señor, que represen taba la sangre de Cristo, y llevándola al Lugar Santísimo, el sumo sacerdote la aplicaba directamente, en la presencia misma de Dios, al propiciatorio —la cubierta del arca que contenía los Diez Mandamientos—, para satisfacer los requerimientos de la santa ley de Dios. Su acción simbolizaba el precio inmensurable que Cristo debió pagar por nuestros pecados, y revelaba cuán ansioso está Dios de reconciliar consigo a su pueblo (2 Cor. 5:19). A continuación aplicaba la sangre al altar del incienso y al altar de los sacrificios, el cual cada día del año había sido rociado con la sangre que representaba los pecados confesados. De ese modo, el sumo sacerdote hacía expiación por el Santuario así como por el pueblo, y efectuaba la purificación de ambos (Lev. 16:16-20, 30-33).
Luego, en representación de Cristo como mediador, el sumo sacerdote tomaba sobre sí mismo los pecados que habían contaminado el Santuario y los transfería al macho cabrío vivo, el de Azazel, que a continuación era alejado del campamento del pueblo de Dios. Esta acción quitaba los pecados del pueblo que habían sido transferidos simbólicamente desde los creyentes arrepentidos al Santuario, por medio de la sangre o la carne de los sacrificios del ministerio diario de perdón. De este modo, el Santuario era purificado y preparado para la obra de un año más de ministerio (Lev. 16:16-20, 30-33).[17] De este modo se arreglaban todas las cosas entre Dios y su pueblo.[18]
El Día de la Expiación, entonces, ilustra el proceso de juicio que enfoca la extirpación del pecado. La expiación que se realizaba ese día “anticipaba la aplicación final de los méritos de Cristo que eliminará por toda la eternidad la presencia del pecado y obtendrá la reconciliación plena del universo en un solo gobierno armonioso bajo la dirección de Dios”.[19]
Plano del Santuario hebreo
2. Azazel, el chivo emisario. La traducción chivo emisario’ del término hebreo azazel viene del término latino que usa la Vulgata, caper emissaríus, ‘chivo enviado’.[20] Un cuidadoso examen de Levítico 16 revela que Azazel representa a Satanás y no a Cristo, como algunos han pensado. Los argumentos que apoyan esta interpretación son: “1. El chivo emisario no era muerto como sacrificio, por lo cual no podía ser usado como medio de obtener perdón. ‘Sin derramamiento de sangre no se hace remisión’ (Heb. 9:22); 2. El santuario era limpiado enteramente por la sangre del macho cabrío correspondiente al Señor antes de que el macho cabrío de Azazel fuese introducido en el ritual (Lev. 16:20); 3. El pasaje trata al chivo emisario como un ser personal, opuesto en todo sentido a Dios <(Lev.16:8) dice literalmente ‘uno para Jehová y el otro para Azazel’>. Por lo tanto, en el contexto de la parábola del santuario, es más consecuente ver en el macho cabrío del Señor un símbolo de Cristo, y en el chivo emisario —Azazel— un símbolo de Satanás’’.[21]
- Las diferentes fases de juicio. El ritual del Día de la Expiación que incluía al chivo emisario, apuntaba más allá del Calvario, al fin definitivo del problema del pecado, la eliminación del pecado y de Satanás. La “plena responsabilidad por el pecado será colocada ahora sobre Satanás, su originador e instigador. Satanás y sus seguidores, así como todos los efectos del pecado, serán eliminados del universo por medio de la destrucción. La expiación por medio del juicio permitirá por lo tanto que surja un universo armonioso y plenamente reconciliado (Efe. 1:10). Este es el objetivo que cumplirá la segunda y final fase del ministerio sacerdotal de Cristo en el Santuario celestial”.[22] Este juicio producirá la vindicación final de Dios ante el universo.[23]
El Día de la Expiación describía gráficamente las tres fases del juicio final:
- La remoción de los pecados del Santuario está relacionada con la primera fase, investigadora o anterior al advenimiento del juicio. “Su enfoque se dirige a los nombres registrados en el Libro de la vida, tal como el Día de la Expiación enfocaba el acto de quitar del Santuario los pecados confesados de los penitentes. Los falsos creyentes serán echados fuera; la fe de los verdaderos creyentes y su unión con Cristo será confirmada ante el universo leal, y los registros de sus pecados serán borrados”.[24]
- El destierro del chivo emisario en el desierto simboliza la prisión milenaria de Satanás en este mundo desolado, que comienza en la segunda venida y coincide con la segunda fase del juicio final, la cual se desarrolla en el cielo (Apoc. 20:4; 1 Cor. 6:1-3). Este juicio milenario abarca la revisión de la sentencia de los malvados, y beneficiará a los redimidos al proveer para ellos la comprensión de la forma como Dios trata con el pecado y con los pecadores que no fueron salvos. Responderá todas las preguntas que los redimidos puedan tener acerca de la misericordia y la justicia de Dios <ver el capítulo 27 de esta obra>.
- El campamento limpio simboliza los resultados de la tercera fase del juicio, es decir su aspecto ejecutivo, cuando el fuego destruye a los malvados y purifica el planeta (Apoc. 20:11-15; Mat. 25:31-46; 2 Ped. 3:7-13); <ver el capítulo 27 de esta obra>.
EI Santuario celestial en la profecía
En la presentación anterior se ha enfocado el Santuario en sus aspectos de tipo y de antitipo. A continuación lo haremos desde una perspectiva profética.
El ungimiento del Santuario celestial. La profecía de las 70 semanas que se registra en el capítulo 9 de Daniel predecía la inauguración del ministerio sacerdotal de Cristo en el Santuario celestial. Uno de los últimos acontecimientos que sucederían durante los 490 años era el ungimiento del “San tos de los Santos” (Dan. 9:24); <ver el capítulo 4 de esta obra>. La expresión hebrea qodesh qodeshim significa literalmente Santo de los Santos. Sería mejor entonces traducir la frase como “ungir al Santo de los Santos” o “ungir al Lugar Santísimo”.
Así como durante la inauguración del Santuario terrenal, este fue ungido con aceite santo con el fin de consagrarlo para sus servicios, del mismo modo en la inauguración del Santuario celestial, este debía ser ungido para consagrarlo al ministerio intercesor de Cristo. Con su ascensión poco después de su muerte y resurrección (Dan. 9:27)[25], Cristo comenzó su ministerio como nuestro Sumo Sacerdote e Intercesor.
La purificación del Santuario celestial. Haciendo referencia a la purificación del Santuario celestial, el libro de Hebreos dice: “Casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión. Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales {el Santuario terrenal} fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas {el Santuario celestial}, con mejores sacrificios que éstos”, es decir, la sangre preciosa de Cristo (Heb. 9:22, 23).
Diversos comentadores han hecho notar esta enseñanza bíblica. Henry Alford hace notar que “el cielo mismo necesitaba, y obtuvo, purificación por medio de la sangre expiatoria de Cristo”.[26] B.F. Westcott hace el siguiente comentario: “Puede decirse que aun 'las cosas celestiales’, en cuanto incorporan las condiciones de la vida futura del ser humano, contrajeron, debido a la caída, algo que re quería purificación”. Añade que la sangre de Cristo estuvo disponible “para la purificación del arquetipo celestial del santuario terrenal”.[27]
Así como los pecados del pueblo de Dios eran colocados por fe sobre la ofrenda por el pecado, y luego eran transferidos simbólicamente al Santuario terrenal, del mismo modo bajo el nuevo pacto, los pecados que los penitentes confiesan son colocados por fe sobre Cristo.[28]
Y de la manera como durante el día típico de expiación, la purificación del Santuario terrenal quitaba los pecados acumulados allí, de la misma forma el Santuario celestial es purificado por la remoción definitiva del registro de los pecados que existen en los libros celestiales. Pero antes de que se limpien definitivamente los registros, serán examinados para determinar quién tiene derecho a entrar en su reino eterno por el arrepentimiento y la fe en Cristo. Por lo tanto, la purificación del Santuario celestial implica una obra de investigación o juicio[29] que refleja plenamente la naturaleza del Día de la Expiación como un día de juicio.[30] Este juicio que ratifica la decisión relativa a quiénes serán salvos y quiénes se perderán, debe realizarse antes de la segunda venida, porque en esa ocasión Cristo vuelve con su recompensa “para recompensar a cada uno según sea su obra” (Apoc. 22:12). Entonces también serán refutadas las acusaciones de Satanás (Apoc. 12:10).
Todos los que verdaderamente se han arrepentido y por fe reclaman la sangre del sacrificio expiatorio de Cristo, han recibido el perdón. Cuando sus nombres aparecen en este juicio y se los encuentra vestidos con el manto de la justicia de Cristo, sus pecados son eliminados del registro, y se los considera dignos de la vida eterna (Luc. 20:35). “El que venciere —dijo Jesús— será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles” (Apoc. 3:5).
El profeta Daniel revela la naturaleza de este juicio investigador. Mientras el poder apóstata simbolizado por el cuerno pequeño continúa su obra blasfema y perseguidora contra Dios y su pueblo en el mundo (Dan. 7:8, 20, 21, 25), se colocan tronos, y Dios preside en el juicio final. Este juicio se realiza en la sala del trono del Santuario celestial, y asisten multitudes de testigos celestiales. Cuando se inaugura la sesión, los libros se abren, señalando el comienzo de un procedimiento investigador (Dan. 7:9,10). No es sino hasta después de este juicio, que el poder apóstata es destruido (Dan. 7:11).[31]
La hora del juicio. Tanto Cristo como el Padre participan en el juicio investigador. Antes de volver a esta tierra en “las nubes del cielo”, Cristo como “Hijo del hombre” “viene con las nubes del cielo” hasta “el Anciano de días”, Dios el Padre, y se presenta delante de él (Dan. 7:13). Desde su ascensión, Cristo ha actuado como Sumo Sacerdote, nuestro intercesor delante de Dios (Heb. 7:25). Pero en esta ocasión, viene para recibir el reino (Dan. 7:14).
- El eclipse del ministerio sacerdotal de Cristo. El capítulo 8 de Daniel describe la controversia entre el bien y el mal, y el triunfo final de Dios. Este capítulo revela que entre la inauguración del ministerio sumo-sacerdotal de Cristo y la purificación del Santuario celestial, un poder terrenal oscurecería el ministerio de Cristo.
El carnero de esta visión representaba el Imperio Medo-Persa (Dan. 8:2); los dos cuernos, el último de los cuales creció más, describen claramente sus dos fases, de las cuales la parte correspondiente al dominio de Persia surgió en último lugar. Tal como predijo Daniel, este reino oriental extendió su poder “al poniente, al norte y al sur”, y “se engrandecía” (Dan. 8:4).
El macho cabrío que venía del oeste simbolizaba a Grecia; el cuerno grande, su “rey primero”, representaba a Alejandro Magno (Dan. 8:21). Viniendo del “lado del poniente”, Alejandro derrotó rápidamente a Persia. Luego, pocos años después de su muerte, su imperio se había dividido en “cuatro reinos” (Dan. 8:8,22): los imperios de Casandro, Lisimaco, Seleuco y Tolomeo.
“Al fin del reinado de éstos” (Dan. 8:23), en otras palabras, hacia el fin del dividido Imperio Griego, surgiría “un cuerno pequeño” (Dan. 8:9). Algunos consideran que Antíoco Epífanes, un rey sirio que gobernó sobre Palestina durante un corto período del segundo siglo a.C., constituye el cumplimiento de esta parte de la profecía. Otros, incluyendo a muchos de los reformadores, han identificado este cuerno pequeño como Roma, tanto en su fase pagana como papal. Esta última interpretación se ajusta exactamente a las especificaciones provistas por Daniel; la otra, por su parte, no lo hace.[32] Nótese los puntos siguientes:
- El poder representado por el cuerno pequeño se extiende desde la caída del Imperio Griego hasta el “tiempo del fin” (Dan. 8:17). Únicamente la Roma pagana y papal cumple estas especificaciones cronológicas.
- Las profecías de Daniel 2,7 y 8 son paralelas entre sí <ver el diagrama de paralelismo profético al final del capítulo 24 de esta obra>. Los cuatro metales de la imagen de Daniel 2 y las cuatro bestias de Daniel 7 represen tan los mismos imperios mundiales: Babilonia, Medo-Persia, Grecia y Roma. Tanto los pies de hierro y barro cocido como los diez cuernos de la cuarta bestia representan las divisiones de Roma; esos Estados divididos habrían de continuar existiendo hasta la segunda venida. Nótese que ambas profecías señalan a Roma como el sucesor de Grecia y como el último imperio mundial que había de surgir antes de la segunda venida y el juicio final. El cuerno pequeño de Daniel 8 aparece en la misma época; sigue a Grecia y es destruido en forma sobrenatural “no por mano humana” (Dan. 8:25; Dan. 2:34).[33]
- De Medo-Persia se dice que “se engrandecía”; de Grecia se afirma que “se engrandeció sobremanera”; por su parte, el cuerno pequeño “creció mucho” (Dan. 8:4, 8, 9). Roma, uno de los mayores imperios mundiales, se ajusta a esta especificación.
- Únicamente Roma expandió su imperio hacia el sur <Egipto>, el oriente <Macedonia y Asia Menor>, y la “tierra gloriosa” <Palestina>, tal como lo predecía la profecía (Dan. 8:9).
- Roma “se engrandeció contra el Príncipe de los ejércitos”, el “Príncipe de los príncipes” (Dan. 8:11, 25), que no es otro que Jesucristo. “Contra Cristo y su pueblo, así como contra su Santuario, el poder de Roma libró una batalla asombrosa. Esta descripción cubre las fases pagana y papal de Roma. La Roma pagana se opuso a Cristo y destruyó el templo de Jerusalén; por su parte, la Roma papal eclipsó efectivamente el ministerio mediador y sacerdotal que Cristo realizaba en beneficio de los pecadores en el Santuario celestial (Heb. 8:1, 2) al sustituir un sacerdocio que pretende ofrecer el perdón de los pecados a través de la mediación de seres humanos”.[34] <Ver el capítulo 13 de esta obra>. Este poder apóstata tendría mucho éxito, porque de él se dice que “echó por tierra la verdad, e hizo cuanto quiso, y prosperó” (Dan. 8:12).
- El tiempo de la restauración, la purificación y el juicio. Dios no podía permitir que el eclipse de la verdad relativa al ministerio sumo-sacerdotal continua se indefinidamente. Por medio de hombres y mujeres fieles y temerosos de Dios, revivió su causa. El redescubrimiento parcial del papel de Cristo como nuestro Mediador que hizo la Reforma, causó un gran reavivamiento en el mundo cristiano. Pero había verdades aún mayores acerca del ministerio celestial de Cristo,las cuales debían ser reveladas.
La visión de Daniel indicaba que el papel de Cristo como nuestro Sumo Sacerdote se haría especialmente prominente hacia “el tiempo del fin” (Dan. 8:17), cuando nuestro Salvador comenzaría su obra especial de purificación y juicio además de su ministerio intercesor continuo (Heb. 7:25). La visión especifica cuándo Cristo comenzaría este ministerio antitípico del Día de la Expiación —la obra del juicio investigador (Dan. 7) y la purificación del Santuario—: “Hasta 2.300 tardes y mañanas; luego el Santuario será purificado” (Dan. 8:14).[36] Por cuanto la visión se refiere al tiempo del fin, el Santuario a que alude no puede ser terrenal, ya que este fue destruido en el año 70 de nuestra era. La profecía, por lo tanto, debe referirse al Santuario del nuevo pacto que está en el cielo, el lugar en donde Cristo ministra a favor de nuestra salvación.
¿Qué son los 2.300 días, o “2.300 tardes-mañanas”, que es lo que dice en el original hebreo?[37] Según Génesis 1, una “tarde y mañana”, es un día. Como hemos visto en los capítulos 4 y 13 de esta obra, el tiempo que especifica una profecía simbólica es también simbólico: un día profético representa un año. Así pues, y tal como muchos cristianos han creído a través de los siglos, los 2.300 días de Daniel 8 significan 2.300 años literales.[38]
- Daniel 9 es la clave para descifrar Daniel 8. Dios comisionó al ángel Gabriel para que le enseñara la visión al profeta Daniel (Dan. 8:16). Pero su impacto le causó tal espanto al profeta, que se enfermó y Gabriel debió interrumpir su explicación. Al final del capítulo, Daniel comenta: “Y yo Daniel quedé quebrantado... estaba espantado a causa de la visión y no la entendía” (Dan. 8:27).
A causa de esta interrupción, Gabriel tuvo que demorar su explicación del factor tiempo, el único aspecto de la visión que aún no había explicado. Daniel 9 describe su retorno para completar esta responsabilidad. Daniel 8 y 9, por lo tanto, están conectados; el capítulo 9 es la clave para desentrañar el misterio de los 2.300 días.[39] Cuando Gabriel apareció, le dijo a Daniel: “Ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento... entiende, pues, la orden y entiende la visión” (Dan. 9:23). A continuación, vuelve a introducir la visión de los 2.300 días. Su deseo de explicar los elementos cronológicos de la visión de Daniel 8 aclara por qué introduce su explicación refiriéndose a la profecía de las 70 semanas.
Las 70 semanas, o 490 años, estaban “determinadas” para los judíos y Jerusalén (Dan. 9:24). El verbo hebreo subyacente es jathak. A pesar de que este verbo se usa una sola vez en las Escrituras, su significado puede comprender se a partir de otras fuentes hebreas.[40] El bien conocido diccionario hebreo-inglés de Gesenio, declara que significa propiamente “cortar” o “dividir”.[41]
Con esta información preliminar, los comentarios de Gabriel se vuelven muy reveladores. Le dice a Daniel que 490 años debían ser cortados del período mayor de 2.300 años. Como punto de partida para los 490 años, Gabriel señaló “la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén” (Dan. 9:25), la cual fue promulgada en el año 457 a.C., el séptimo año de Artajerjes <ver el capítulo 4 de esta obra>.[42]
Los 490 años terminaron el año 34 de nuestra era. Si cortamos o restamos 490 años de los 2.300, quedan 1.810 años. Como los 2.300 años debían extenderse 1.810 años más allá del año 34 de nuestra era, llegan hasta el año 1844.[43]
- Hacia una comprensión más completa del ministerio de Cristo. Durante la primera parte del siglo XIX, muchos cristianos, incluyendo bautistas, presbiterianos, metodistas, luteranos, anglicanos, episcopales, congregacionalistas y discípulos de Cristo, estudiaron con intensidad la profecía de Daniel 8.[44] Todos esos estudiosos de la Biblia esperaban que al fin de los 2.300 años sucederían algunos acontecimientos sumamente significativos. Dependiendo de su comprensión del poder representado por el cuerno pequeño, y del santuario, anticipaban que este período profético terminaría con la purificación de la iglesia, la liberación de Palestina y Jerusalén, el retorno de los judíos, la caída del poder turco o musulmán, la destrucción del papado, la restauración del verdadero culto, el comienzo del milenio terrenal, el día del juicio, la purificación de la tierra por el fuego, o el segundo advenimiento.[45]
Ninguna de esas predicciones se materializó, y todos los que creían en ellas sufrieron un chasco. Desde luego, la severidad de su decepción fue proporcional a la naturaleza del acontecimiento predicho. Es obvio que el chasco de los que esperaban que Cristo volviera en 1844 fue más traumático que el de los que esperaban el retorno de los judíos a Palestina.[46]
Como resultado de su decepción, muchos abandonaron el estudio de la profecía, o abandonaron el método histórico de interpretarla, el cual los había llevado a esas conclusiones.[47] Algunos, sin embargo, continuaron estudiando esta profecía y el tema del santuario con mucha oración e intensidad, enfocando con perseverancia el ministerio que Cristo realiza en nuestro favor en el Santuario celestial. Los esfuerzos fueron recompensados con una comprensión de ese ministerio ricamente ampliada. Descubrieron que la fe profética histórica de la iglesia primitiva y de la Reforma todavía era válida. Los cálculos del tiempo profético estaban correctos. Los 2.300 años habían terminado en 1844. Su error —y el de todos los intérpretes de esos días— radicaba en su comprensión de qué acontecimiento sucedería al fin de ese período profético. Nueva luz precedente del ministerio de Cristo en el Santuario celestial cambió su decepción, transformándola en esperanza y gozo.[48]
Su estudio de las enseñanzas bíblicas acerca del Santuario les reveló que en 1844 Cristo se presentó ante el Anciano de Días y comenzó la fase final de su ministerio sumo-sacerdotal en el Santuario celestial. Este ministerio era el antitipo de la purificación del Santuario que se realizaba en el Día de la Expiación, y que en Daniel 7 se describe como el juicio investigador anterior al advenimiento.
Esta nueva comprensión del ministerio celestial de Cristo “no es una desviación de la fe cristiana histórica. En vez de ello, constituye la culminación lógica y la consumación inevitable de esa fe. Es simplemente la aparición y el cumplimiento en los últimos días del énfasis profetizado que caracterizaría el evangelio eterno... en los segmentos finales de su testimonio ante el mundo”.[49]
Significado en el contexto de la gran controversia
Las profecías de Daniel 7 y 8 revelan en amplia perspectiva el resultado final de la gran controversia entre Dios y Satanás.
La vindicación del carácter de Dios. Por medio de las actividades del cuerno pequeño, Satanás procuró desafiar la autoridad de Dios. Las acciones de ese poder han pisoteado y arrojado reproche sobre el Santuario celestial, el centro del gobierno de Dios. Las visiones de Daniel señalan un juicio anterior al advenimiento en el cual Dios pronunciará un veredicto de condenación sobre el cuerno pequeño, y por extensión sobre el mismo Satanás. A la luz del Calvario, todas las acusaciones de Satanás serán refutadas. Todos comprenderán y estarán de acuerdo en que Dios estuvo siempre en lo correcto; que no tiene responsabilidad alguna por el problema del pecado. Su carácter saldrá inmaculado de la prueba, y su gobierno de amor será confirmado.
La vindicación del pueblo de Dios. El mismo juicio que resulta en la condenación del poder apóstata del cuerno pequeño, “fue dado a favor de los santos del Altísimo” (Dan. 7:22; VM). En verdad, este juicio no solo vindica a Dios delante del universo, sino también a su pueblo. Los santos han sido despreciados y perseguidos por su fe en Cristo a través de los siglos; ahora este juicio pone las cosas en su lugar. El pueblo de Dios verá cumplirse la promesa de Cristo: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 10:32; Luc. 12:8, 9; Apoc. 3:5).
El juicio y la salvación. El juicio investigador, ¿pone en peligro la salvación de los que creen en Jesucristo? Por supuesto que no. Los verdaderos creyentes viven unidos con Cristo, confiando en él como Intercesor (Rom. 8:34). Su seguridad se basa en la promesa de que “Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).
¿Por qué, entonces debe realizarse un juicio investigador anterior al advenimiento? Este juicio no es para el beneficio de la Deidad. Es primariamente para el beneficio del universo, puesto que refuta las acusaciones de Satanás y provee para la creación no caída la seguridad de que Dios permitirá entrar en su reino únicamente a los que estén verdaderamente convertidos. De modo que Dios abre los libros de registro para una inspección imparcial (Dan. 7,9,10).
Los seres humanos pertenecen a una de tres clases: 1. Los malvados, que rechazan la autoridad de Dios, 2. Los creyentes genuinos, que confiando en los méritos de Cristo por la fe viven en obediencia a la Ley de Dios, y 3. Los que parecen creyentes genuinos pero no lo son.
Los seres no caídos pueden distinguir fácilmente quiénes pertenecen a la primera clase. Pero, ¿quién es un verdadero creyente y quién no lo es? Ambos grupos están escritos en el libro de la vida, que contiene los nombres de todos los que alguna vez han pasado a estar al servicio de Dios (Luc. 10:20; Fil. 4:3; Dan. 12:1; Apoc. 21:27). La misma iglesia contiene creyentes genuinos y falsos, el trigo y la cizaña (Mat. 13:28-30).
Los seres no caídos de la creación no son omniscientes; no pueden leer el corazón. “Por esto, se necesita un juicio —antes de la segunda venida de Cristo— para separar lo verdadero de lo falso y demostrar al universo interesado, la justicia de Dios que salva al creyente sincero. La cuestión se desarrolla entre Dios y el universo, no entre Dios y sus hijos fieles. Requiere que se abran los libros de registro y que se revele la verdadera naturaleza de los que han profesado fe y cuyos nombres han sido entrados en el libro de la vida.[50]
Cristo describió este juicio en su parábola de los invitados a la boda que respondieron a la generosa invitación evangélica. Por cuanto no todos los que escogen ser cristianos son discípulos genuinos, el Rey viene para inspeccionar a los invitados y ver quién tiene puesto el vestido de bodas. Este vestido representa “el carácter puro y sin mancha que poseerán los verdaderos seguidores de Cristo. A la iglesia ‘le fue dado que se vista de lino fino, limpio y brillante’, 'que no tuviese mancha, ni arruga, ni cosa semejante’ (Apoc. 19:8; Efe. 5:27). ‘El lino fino’, dice la Escritura, es las acciones justas de los santos’. Es la justicia de Cristo, su propio carácter sin mancha, que por la fe se imparte a todos los que lo reciben como Salvador personal”.[51] Cuando el rey pasa revista a los invitados, únicamente los que se han colocado el manto de la justicia de Cristo, que tan generosamente se les ofreciera en la invitación evangélica, son aceptados como creyentes genuinos. Los que profesan ser seguidores de Dios pero viven en desobediencia y no están cubiertos por la justicia de Cristo, son borrados del libro de la vida (Éxo. 32:33).
El concepto de un juicio investigador para todos los que profesan fe en Cristo, no contradice la enseñanza bíblica de salvación por fe por medio de la gracia.
Pablo sabía que un día le sería necesario afrontar el juicio. Por lo tanto, expresó el deseo de “ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino al que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe" (Fil. 3:9). A todos los que están unidos con Cristo se les asegura la salvación. En la fase del juicio final anterior al advenimiento, los creyentes genuinos que establecieron una relación salvadora con Cristo, son confirmados ante el universo no caído.
Cristo, sin embargo, no puede asegurar la salvación de los que se limitan a profesar ser cristianos basándose en las buenas obras han realizado (Mat. 7:21-23). Los registros celestiales, por lo tanto, son algo más que una herramienta para separar los creyentes genuinos de los falsos. Constituyen además el fundamento para confirmar a los creyentes genuinos delante de los ángeles.
“Lejos de robarle al creyente su seguridad en Cristo, la doctrina del santuario la sostiene. Ilustra y clarifica en su mente el plan de salvación. Su corazón penitente se regocija al comprender la realidad de la muerte sustitutiva de Cristo por sus pecados, como lo prefiguraban los sacrificios del santuario. Además, su fe proyecta hacia el cielo para encontrar su significado en un Cristo viviente, su Abogado sacerdotal que mora en la presencia misma del santo Dios.[52]
Tiempo de alistarse. Dios se propone que estas buenas nuevas relativas al fin del ministerio de salvación de Cristo, vayan a todo el mundo antes de su regreso. El centro de este mensaje es el evangelio eterno, que debe ser proclamado con un sentido de urgencia por cuanto “la hora de su juicio ha llegado” (Apoc. 14:7). Este llamado amonesta al mundo en cuanto a que el juicio de Dios está realizándose ahora.
Hoy vivimos en el gran día antitípico de la expiación. Así como se requería que los israelitas afligieran sus almas en ese día (Lev. 23:27), del mismo modo Dios llama a su pueblo a experimentar un arrepentimiento de corazón. Todos los que desean retener sus nombres en el libro de la vida deben arreglar sus cuentas con Dios y con sus semejantes durante este tiempo en que se realice el juicio de Dios (Apoc. 14:7).
La obra de Cristo como Sumo Sacerdote se acerca a su fin. Los años del tiempo de gracia para los seres humanos53 pasan con rapidez. Nadie sabe exactamente cuándo la voz de Dios proclamará: “Consumado es”. “Mirad —advirtió el Señor—, velad y orad, porque no sabéis cuándo será el tiempo” (Mar. 13:33).
Si bien es cierto que vivimos en el período pavoroso del día antitípico de la expiación, no necesitamos temer. Jesucristo, en su doble capacidad de Sacrificio y Sacerdote, ministra a favor nuestro en el Santuario celestial. “Por tanto, teniendo un gran Sumo Sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, reten gamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:14-16).